lunes, 1 de febrero de 2010

Así da gusto.

Ana María Bovo con su nuevo unipersonal viene a romper con varios paradigmas teatrales. El más trascendental es que se puede contar una historia y al mismo tiempo divertir y hacer reír, sin gritar ni decir sandeces. Ella omite cualquier agravio o insulto y se deja llevar por la suavidad de su voz y de sus gestos para adentrarnos en el mundo del Maipo, teatro que el pasado 2008 festejó sus nada más y nada menos que cien años de vida.

Entonces Olinda Petrungaro, tercera generación de vestuaristas del Maipo, nos cuenta cómo es la vida entre las bambalinas de uno de los teatros más prestigiosos de la cartelera porteña. Se sincera con ella misma, confiesa secretos y recrea anécdotas que rozan a estrellas como Nélida Roca, Nélida Lobato y Tita Merello; como así también a recientes personajes como Ximena Capristo y Jorge Lanata. Y entre tanto chisme y objetos de culto, se hace lugar para contar el por qué de su soltería. Vale la aclaración, la presente historia es ficción, pero por suerte, Ana María Bovo, confunde. Entonces creemos que allí, entre acto y acto, Olinda asiste en serio a las vedettes.

Bajo su propia dramaturgia y dirección, Ana María Bovo hace de Así da gusto, una hora y media de charla amena e interesante. Uno no habla ni participa, claro está, pero la cordialidad de la actriz, hace que nos sintamos cerca, como si fuésemos únicos interlocutores. Sólo su madre, detrás del telón, la apuntala con datos precisos. Pero volvamos a aclararlo, todo es imaginario, aunque nosotros nos predispongamos a creerle todo. Es un pacto omiso que se firma en los primeros minutos de su monólogo. Sin que ella exija firma y sin que nosotros dejemos nuestra rúbrica. Es tácito e inquebrantable.

Así da gusto es belleza narrativa y ficcional en estado puro. Toda la suavidad actoral de Ana María Bovo para contar la historia más creíble del teatro actual.

Por Mariano Casas Di Nardo.

martes, 26 de enero de 2010

Humordazada.

En el espectro teatral de Valeria Kamenet, al parecer, hay lugar para diez personajes, todas mujeres ellas, que hacen de la provocación, sus sellos personales. Hay que aclarar algo, la obra se llama Humordazada y pregona humor. El problema reside en que las diez veces que ella presenta a sus criaturas a lo largo de su show, uno tiene que machetear a priori todos los impactos desagradables para encontrar gracia. Y cuesta. Sobre todo cuando uno se predispone a disfrutar de la fluidez y espontaneidad que ofrece el humor bien tratado.

La puesta inicia con una novia oscura, abandonada y al borde de un trance. Su simple presencia altera, y es así como destiñe toda su simpatía. Luego le llega el turno al color, pero con un personaje que ahoga toda esperanza; una niña simpática cuyo padre doctor, trafica órganos. Un tema que hace que la cuota humorística se vuelva corrosiva. Está, existe y se expande. Roba alguna que otra sonrisa, pero hace daño. Oxida.

Tal vez sea con la docente de barrabravismo donde la actriz propone un juego ameno y divertido con el público, pero siempre al filo de la tensión, de la incomodidad. Así, enseña a sus alumnos a ser barrabravas, con todos los clichés de la profesión. Podría decirse que ahí comienza la obra de humor. Pero es con los siguientes personajes – fallidos su mayoría– que vuelve a la hostilidad, como con una embarazada que ignora su estado. Entonces en un arrebato de destreza deportiva, ella aplasta su panza contra el suelo en pos de un ejercicio aeróbico. No es humor negro, definitivamente es mal gusto.

Pero fiel a su propuesta, Valeria vuelve a mostrar que puede hacer reír, si es que se lo propone en serio, como cuando interpreta a una sensual bailantera. Ella es quien entre tanta deformidad, riega un jardín pálido, que fue secándose a medida que desfilaron sus personajes. Y hasta algunas flores crecen. Flores que pisotea su última invención, una antipática anciana que dice ser la primera bailarina del Colón. De forma intimidante, genera pánico en el foro cuando baja a interactuar cara a cara con los espectadores.

Un paso no del todo acertado el de Valeria Kamenet y sus alter egos con Humordaza. Tropezando entre el humor negro, el no humor y las malas costumbres. Siempre más cerca de la mueca por compromiso que de la carcajada espontánea.

Por Mariano Casas Di Nardo

jueves, 10 de diciembre de 2009

La imagen fue un fusil llorando

Qué habrán visto los ojos de tan destacado periodista para poner en jaque toda su pluma, hasta bloquearlo por completo y derribarlo hasta la tristeza e impotencia misma. Nada enorgullece más al ser humano que la revalidación de sus convicciones, aún en tiempos de hostilidad social. Y ser testigo de una injusticia frente a tal resistencia, humilla, más cuando no se puede hacer nada.

Herido en sus principios, bastardeado en su esencia ciudadana primero y profesional después, Roberto Arlt se enfrenta a su peor enemigo, su deber: la crónica de algo que jamás hubiese elegido presenciar. Años de oficio para llegar al final con la peor de las sensaciones. La traición. El fusilamiento de Severino Di Giovanni giró su vida y cegó su futuro. Sus ojos ya no serán los mismos tras el accionar de aquel implacable fusil.

Gabriel Fernández se pone en la piel de uno de los autores más destacados de nuestra literatura, para protagonizar La imagen fue un fusil llorando, obra de Julio Molina, que se genera a partir de He visto morir, obra del mencionado escritor.

¡Viva la anarquía! explotaría de la garganta del anarquista Severino Di Giovanni al ser fusilado por una dictadura obsesiva e irreverente. Y los ojos del propio Arlt ya no verían con tanta nitidez. Una actuación soberbia, de quien muestra el infierno vivido luego de tal impacto. Bajo el barniz de su director Julio Molina, quien pone una escena exacta, el único protagonista de la obra brilla gracias a un conjunto perfectamente engranado. El vestuario, la iluminación y la musicalización. Todo nos lleva a esa época y todo nos enseña el dolor que padeció nuestro héroe golpeado.

La imagen fue un fusil llorando es de esas obras que deja en uno una fuerte impresión. Y que va decantando con el pasar de los minutos para formar una conclusión esperanzadora y revitalizadora. Porque sus ojos fueron los ojos de toda una época. Una época que cíclicamente fue repitiéndose, hasta, por el momento, desvanecerse.

La pregunta igualmente seguirá siendo la misma: Qué habrán hecho sentir esos ojos… hasta el momento de apagarse.

Por Mariano Casas Di Nardo

viernes, 4 de diciembre de 2009

Hasta que tu muerte nos separe

Para algunas personas de este mundo, la vida no es color de rosas. Los finales no son felices y los días son un karma que tienen que sobrellevar, porque suponen que el mañana no los tratará tan mal. No son optimistas pero no se ahogan en su lodo. Tampoco tratan de salir. Se regodean en el fango y nadan. Con dificultad, claro; pero avanzan.

Son los casos de Dana y Osvaldo, quienes padecen distintas fobias, adicciones y pesares; pero aún así intentan encontrar el amor. Agorafóbica y desprolija ella, sus frustrados amores no lograron abatirla. Morboso y virgen él, su autosatisfacción no detiene su búsqueda. Y se encuentran, se inquietan pero no se convencen de ser el uno para el otro. Sus lamentables vidas dejan huecos para el amor y los dos, curiosamente saben ubicarse. Incómodos, pero se ubican al fin. No es una relación progresiva, de hecho comienzan en la meseta del desamor, pero aún así caminan (siempre al borde de la catástrofe).

Hasta que tu muerte no separe es una comedia negra que muestra irónicamente, las miserias de aquellos que no se resignan a vivir una mejor vida, aunque no tengan armas claras como para ganar la apuesta. Un libro que destiñe los clichés del amor y de la pasión que nacen de dos jóvenes entusiasmados. Sus miedos, incertidumbres y alegrías, potenciados al máximo rigor y exposición.

Fito Yanelli en su rol de director, conduce a estos seres ciclotímicamente distintos, al punto medio, en donde los manipula hasta sus mejores rendimientos. El juego de luces hace del escenario el mejor campo de acción, direccionando la atención hacia las pausas, silencios y demás condimentos narrativos.

Hasta que tu muerte nos separe en primera instancia hace reír, para luego hacernos pensar y una vez asimilada la historia, entender lo patético que puede ser el humano cuando se encuentra fuera de los cabales aceptados.

Por Mariano Casas Di Nardo

martes, 24 de noviembre de 2009

Niños del Limbo.

Hacer un análisis sobre Niños del Limbo es un tanto complicado. No porque sea difícil de entender o enmarañado en su andar, sino porque la genial actuación de Andrea Garrote se lleva consigo todos los adjetivos y calificativos. Y deja poco al resto. Un reparto que se destaca con creces pero que aún así, queda a una distancia considerable del histrionismo y escenario que enseña la destacada actriz.

Entonces hablemos de Andrea Garrote, quien en su papel de Martina, una docente de letras, quien dispone de su hogar como taller literario, se lleva todos los aplausos. Ella es quien parte y reparte. Quien maneja los hilos de sus colegas y quien recrea la tragedia, la tensión o el humor, con un simple gesto o un mínimo silencio. Su presencia agiganta al resto y los saca a relucir, incluso cuando los diálogos se reducen a miradas. Por su parte, su ausencia, hace que todo tome otro tipo de protagonismo, porque se sabe que ella está del otro lado a la expectativa de lo sucedido. Su papel es una luz que ilumina al resto y los potencia, mientras que su no presencia, como efecto a contraluz, los resalta como en diapositivas. Sin ella, la obra no se caería, pero estaríamos hablando a otro nivel de crítica… más terrenal.

Ninguno de sus estudiantes es lo que parece. Y ese living tan literario como cálido, no es más que un campo donde convergen historias y personas tan disímiles como necesarias. Un chico con problemas de expresión, fácil prosa y pasado oscuro; una mujer ordinaria y su hijo con problemas mentales, un chileno anónimo y un matón obnubilado con su deber delictivo, son las piezas con las que debe lidiar esta sencilla y apasionada profesora -Martina-. Ella siente placer por las letras y los textos poéticos, el resto no se sabe.

La historia de la obra no será evaluada ni contada. Hay que ir descubriéndola en vivo, para sentir más los impactos y los giros dramáticos. Para destacar el vestuario Made in Romina Cariola, quien vistió a la perfección a todo el elenco y la música original de Federico Marquestó, aunque bien podría tener más participación en la narrativa.

El final no es un final. De hecho parece no serlo. La vida continúa, o no. Igualmente lo visto hasta su epílogo, vale demasiado. No hace falta más.

Niños del Limbo es Andrea Garrote y sus avatares. El libro y la dirección son de la misma persona. ¿Hace falta decir quién?

Por Mariano Casas Di Nardo

sábado, 21 de noviembre de 2009

Del Amor o El Banquete.

La pregunta es filosófica y tiene tantas respuestas como pareceres. ¿Qué es el amor? ¿Qué es la belleza? El amor tiene infinidad de formas y todas son reales, podría decirse. Una sensación autónoma que aparece y desaparece sin intervenciones de la razón humana. Y la belleza es tan virtual y abstracta, que no podría definirse, sin caer en lugares comunes o equivocaciones. Que lo estético, que lo armonioso… Todos juicios erróneos.

De la otra vereda de la objetividad y desafiando los parámetros del interés, el amor llega, revoluciona y vive eternamente. Y si muere, ya no es amor, entrando en un conflicto y en una dialéctica cíclica. Del Amor o El Banquete son todas estas sentencias y más. Para irse pensando sobre el corazón y sus azares.

¿Puede el amor ser el mismo entre dos jóvenes bellos y contemporáneos, que el que pueda sentir una prostituta por su empleador? ¿Puede ser la misma sensación de alegría si hablamos de un travesti para con su pareja mujer, que si abordamos la mente de una bella, sinuosa y ardiente mujer, con su marido entrado en años y en excesos? Para la mente de Darío Portugal Pasache y Lucía Pansera sí; y lo exponen y lo desmenuzan para que el espectador saque sus propias conclusiones.

Del Amor o El Banquete no rotula ni etiqueta. Desnuda. Inclinando hacia el lado de las perversiones. Pero ¿qué es la perversión?... y entonces de nuevo entramos en un debate estéril y difícil de concluir.

Encabezados por el histrionismo de Alejandro Stordeaur y Fernando Iglesias, más el erotismo que imprime su reparto, la obra apunta directo a la reflexión y a la apertura mental. A entender que el amor está más allá de los cánones que nos muestran las novelas o los estamentos sociales de las buenas costumbres. Para volver a empezar, con la experiencia de que el amor puede sentirse de formas inimaginables, y no por ello, ser falsas.

Por Mariano Casas Di Nardo

viernes, 6 de noviembre de 2009

Terrame

Terrame está configurada por dos entes, lamentablemente, interrelacionados entre sí. Inevitablemente no pueden separarse ni disociarse. Un significado y un significante que se lastiman; un todo a medio llegar. Por un lado, un marco teórico gigante, inmortal, moldeable a todos los seres humanos. Cíclico e universal, como es la búsqueda del otro. La desesperación que genera la soledad y el nerviosismo que viste a los corazones actuales. Y por el otro lado, el hecho práctico, el que le da cuerpo a un libro tan infinito que hace que lo palpable quede trunco. Un espacio chiquito que no resiste lo que se está contando.

La obra sería la radiografía de un amor como tantos otros, que se inicia por la atracción inesperada que siente un hombre –cualquiera– por una dama –cualquiera–. Y cómo va creciendo y desarrollándose esa atracción, a través del descubrimiento mutuo, los malestares, los aciertos, los perdones y los reencuentros; hasta verse convertido en un poderoso amor. Desde el minuto cero, en las que las humanidades se desconocen, hasta la evolución del cariño sincero. Ella se llama Lucía; él, Atahualpa. Por ella nadie se daría vuelta en una esquina, por él ninguna mujer daría ni un suspiro. No se deslumbraron ni se encandilaron. Como se dice, un amor a novena vista.

Cuántas de estas historias hemos conocido, escuchado o padecido. Qué genial la pluma de Lucila Garay que en una obra de escasos cincuenta minutos y en el perímetro de una habitación de dos por dos, refleja millones de historias de amor, tan completas como reales. Porque abarca todas: desde la más oscura y retorcida hasta la más básica y desabrida.

Con dos actores que hacen del gesto y del diálogo torpe un culto, Terrame relata todos los síntomas del corazón, dejando en evidencia lo elemental que somos. Entonces, pensará su autora y directora, para qué complejizar lo tangible, si lo abstracto lo dice todo.

Por Mariano Casas Di Nardo