lunes, 3 de julio de 2017

Peter Pan y las aventuras de Nunca Jamás

Versión libre de Ariel Osiris y Alejandro Borgatello, sobre el clásico de James Matthew Barrie creado en 1904, que Walt Disney hizo famoso en el mundo entero en 1953. Pero es aquí El Capitán Garfio (Franco Dabove) con su cómplice Sakir (que hace de Smee), quienes se llevan la atención de todos los pequeños, por su impronta escénica. Enfrente, de la vereda del bien, Peter Pan (Matías Ghioni) en su versión más punk, con pelo largo y tatuajes, intentará que el villano no se consagre como el rey de Nunca Jamás. Para ello cuenta con la ayuda del Cacique Nube Roja (Marcos Gómez), Wendy (Anush Bustos) y Reina Titania (Nadia Ostratiki).

La obra cuenta la historia de Peter Pan y sus amigos, quienes ven interrumpida la paz en Nunca Jamás, cuando El Capitán Garfio, en su afán de adueñarse de la isla, le roba el polvo mágico a la reina de las hadas. Y ya con sus superpoderes, intenta hechizar al mismo Peter Pan para que se sume a sus secuaces. Una historia muy bien narrada y distribuida en los casi cincuenta minutos que dura el relato.

Con la atención de los chicos desde el minuto inicial, la obra consigue sus puntos más fuertes en las peleas de espadas entre los dos protagonistas, en el pequeño espacio que permite el escenario del
Terraza Teatro Bar. Las coreografías también son para destacar, además del vestuario, sobre todo en los personajes de El Capitán Garfio y Reina Titania.

Actuaciones correctas, un hilo conductor que no deja caer la atención, y canciones con diálogos desopilantes, que traccionan de inmediato las risas de los más pequeños. “Peter Pan y las aventuras de Nunca Jamás” es una linda opción para ver teatro en familia del universal repertorio infantil.

Por Mariano Casas Di Nardo




jueves, 1 de junio de 2017

"La vida es una milonga"

“La vida es una milonga” es una disparatada comedia que nos lleva de la mano por el pasado y el presente. Con chispazos de teatro costumbrista, con pinceladas de tango y algo de rock de los 90, la obra divierte por lo desopilante de sus personajes, sobre todo el de Flora (Elena Brozzo). Se suman, a ella, pieza fundamental de la historia, por su grandilocuencia y su afinidad con el público, la simpatía y belleza de Evelyn Alfonso como La Miriam, quien sin dudas, dará que hablar en el futuro por su carisma tanto para la comedia como para el baile; y Nicole de Paula como Rubí, la protagonista quien a fuerza vocal, se roba los corazones de toda la platea.

La obra cuenta la historia de una joven llamada Rubí quien sueña con convertirse en una estrella de rock, cuando sus trabajos de bailarina y la presión de su pareja Francisco para que cante tangos, son predominantes. Sin embargo, ella con su voz, hará todo lo posible para torcer el camino a su favor.

Escrita por el uruguayo Dino Armas y adaptada y dirigida Alicia Verón, “La vida es una milonga” se disfruta por su dinamismo, por el entusiasmo de su elenco y por una historia que nos lleva para la nostalgia como para la risa, según los remates de sus protagonistas. Recomendada. 

Por Mariano Casas Di Nardo
@MCasasDiNardo




 

lunes, 13 de marzo de 2017

“La herencia de Eszter”

El poder que da el amor del otro, tal vez sea la fuerza más ciega e incondicional que exista. La esperanza de volver a sentir eso que sucedió como una ráfaga, un hilo irrompible que no se vence con los años. Y esa nostalgia por lo que hubiese sucedido si…, la peor de las culpas. Y con ese coctel de sensaciones inconclusas y efervescentes, Sándor Marai escribió la vida de esta rendida mujer llamada Eszter en su libro “La herencia de Eszter”. Texto que María de las Mercedes Hernando adaptó a los escenarios, para que Oscar Barney Finn nos regale esta delicada pieza de un poco más de una hora del mejor teatro.

La herencia de Eszter (se pronuncia Éster) no son sus millones en el banco, tampoco inmuebles, rodados o joyas en una caja de seguridad. Su herencia es la más difícil de asumir y la más fácil de repartir: lo que no hizo en su momento. El tiempo que dejó pasar por no tomar decisiones a tiempo, imposibilitada por su personalidad débil e inmóvil. Una magistral actuación de Thelma Biral, quien le pone tristeza y vejez a todas sus reflexiones. Del otro lado, a veinte años de ausencia, Lajos, quien vuelve del pasado a recuperar lo suyo. Él es un vividor; un verborrágico, carismático y embustero Don Juan, que enmaraña a todos con sus razonamientos hipócritas e impunes. La mejor versión de Víctor Laplace, para con su maestría, hacer reír al público con sus incoherencias dramáticas. Y aunque su amor por ella parezca intacto, el tiempo y todo el resto le jugaron a su favor.

El elenco se completa con Susana Lanteri como la mucama de Eszter, Luis Campos (el Notario), María Viau (la hija de Lajos) y la luminosidad de Edgardo Moreira, quien en el papel de Laci, el hermano de Eszter y ex amigo de Lajos, brilla en todo momento. Todas sus participaciones son acertadas y cuando está en escena, la obra se completa en todos los aspectos. Sin embargo, el momento álgido, es el duelo de verdades y mentiras no piadosas entre Eszter y Lajos.

Ambientada en los años donde los discos de pasta musicalizaban el aire y los vestidos suntuosos eran cotidianos; la historia es un susurro de emociones constantes, con una suavidad narrativa admirable. Así, Oscar Barney Finn como director nos presenta la nostalgia y la desolación del paso del tiempo, de la forma más aceptable, sin que sea un dramón imposible de digerir. Su talento hace que aunque en el dolor, sonriamos.

Por Mariano Casas Di Nardo




lunes, 6 de marzo de 2017

"Nenina"

La idea de Luciana Morcillo, Olga Viglieca e Iván Moschner de escribir una obra de teatro, con la dirección de éste último, se convirtió en algo tan grande que pasó de ser un monólogo unipersonal sobre el tema de la violencia de género, a una performance multitudinaria de quince mujeres amplificando el valor de sus derechos. Derechos básicos, como los de cualquier ser humano, a no ser violentado, obligado, ultrajado y pisoteado. “Nenina” así se convierte en una bandera por la vida y por la libertad. Mismos ecos de diferentes clases de mujeres que se unen en una ideología, revalidadas por el público sobre el final de la obra, cuando con un aplauso cerrado y acelerado, se une en esa búsqueda y pedido.

Nenina es Romina Tejerina y Romina Tejerina es la personificación de todas aquellas mujeres que vieron modificadas sus existencias por ser víctimas de un acto delictivo y atroz, como en este caso una violación. Aquella muchacha jujeña que luego de quedar embarazada como producto de un abuso sexual, mató a su bebé recién nacido; es la figura sobre la cual se posa todo. El dolor de las mujeres presentes, la angustia del público y un drama que aunque en auge en la opinión pública, no merma en su realidad.

La obra es el tema. Un elenco de quince mujeres, algunas con más participación que otras, algunas actrices con más nombre que otras, unas pocas con mejor técnica que la mayoría, pero que se ven niveladas por un libro superador. “Nenina” hace que poco tenga que ver si una actriz está fuera de sintonía o si tal o cual vestido desentona. Se habla de muertes, de abusos, de vidas marchitadas, opacadas y hay que enfocarse en ello.  

Veinticinco minutos le lleva a Iván Moschner quedarse para siempre en nuestra cabeza con esa postal final de pedido de justicia. Una obra recomendable para mirar y actuar. Para concientizar y para ver en qué podemos ayudar a nuestra tan lastimada sociedad, para que de una vez por todas, no sufra ni genere más violencia.

Por Mariano Casas Di Nardo
@MCasasDiNardo




domingo, 5 de marzo de 2017

"Luz Cenicienta"

La obra de Ana Belén Beas es la combinación perfecta entre el teatro comercial, ese que vive de la televisión y de las caras famosas que traccionan al público, con ese teatro de culto y casi artesanal que promueven los talentosos Pablo Sultani, Diego Hodara, Julián Pucheta y Sabrina Artaza. Este último grupo de artistas, está en condiciones de llevar cualquier obra a la cima. Y "Luz Cenicienta" no es la excepción.

Versión moderna del clásico animado de Disney, “La Cenicienta”; la obra es un soberbio musical para toda la familia. Y aquí se vuelve a unir, el teatro infantil con algunas licencias adultas; con el teatro para grandes, ese que siempre se destaca por su grandilocuencia. En la platea, fácilmente puede divisarse chicos maravillados con lo visto y adultos disfrutando de eso que fueron a ver. La platea heterogena en edades y gustos, disfruta por igual.

Como no podía ser de otra manera, Moria Casán es la madrastra de Lucía, nuevo nombre de Cenicienta. Sus hijas son las corrosivas Gladys Florimonte y Divina Gloria (aunque en este caso, vimos la obra por su reemplazo natural Mariela Passeri). Del otro lado del mal, Maximiliano Guerra como el príncipe Manuel y en el medio, salpicada por el rencor, pero iluminada por su futuro auspicioso, Lucía, interpretada de manera correcta por Ana Belén Beas, actriz española que promueve este intercambio entre ambos países, ya que la obra es una coproducción entre España y Argentina.

Muchos son los factores a destacar, entre vestuario, escenografía e idea. Una Cenicienta moderna, sin los protocolos de los años en que se escribió, y mixturado con la parafernalia “Stravaganza” y “Show Match”. Cada cuadro de baile, es para enmarcar. Si Moria Casán cumple con las expectativas, Maximiliano Guerra queda en deuda, con menos dosis de su esperado clásico y un exigido flamenco que lo apaga. Toda la historia es hablada en ese español que resaltan las palabras “venga tío”, “niñato”, “cojones” y “la leche” (como algo positivo). Los momentos de peleas entre las hermanastras Olvido y Soledad, son pasajes divertidos que hacen explotar las risas de los más chicos. Gladys Florimonte hace de ella y cumple. Y Mariela Passeri hace de contrapeso ideal para sus chillonas andadas.

“Luz Cenicienta” es una obra ideal para introducir a los más pequeños en el teatro musical adulto. Una obra que toma del infantil, aspectos para cautivar a todos. Una superproducción que no hace más que embellecer y orgullecer a nuestra teatral Avenida Corrientes.

Por Mariano Casas Di Nardo
@MCasasDiNardo





miércoles, 15 de febrero de 2017

“Sirenita, una aventura bajo el mar”


Una vez más, el grupo Rueda Mágica vuelve a sorprender a grandes y chicos con sus adaptaciones del inmenso imperio Disney, al pequeño escenario del teatro Terrazas del Paseo la Plaza. Y cuando uno cree que los caminos se le cortan, su director Leandro Montgomery pasa otro desafío y nos trae la inmensidad del mar a la mismísima Avenida Corrientes. Su fiel ladera, la actriz Bárbara Lloves Millán, es el otro pilar de este grupo que alegra en cada versión teatral. Ella hace de Ariel, la inquieta sirenita y todos seguimos el surco que deja su andar, para disfrutar del mejor teatro infantil.

La obra cuenta dos historias conjuntas que se entrelazan por la curiosidad de nuestra heroína Ariel. La vida oceánica de Tritón y su reino; y la historia de nuestro príncipe Eric (Omar Morón) que con la ayuda de su amigo Sarte (Federico Araujo), se va a rumbear los siete mares. La cuestión toma fuerza, cuando la embarcación de nuestro protagonista se hunde por una fuerte tormenta y ella lo salva de morir ahogado. A pedido de los más chiquitos, le canta una canción y así, el príncipe revive, ya enamorado de su dulce voz.

Como en todas las películas de Disney, el drama es tripartito; y frente a los enamorados, emerge la figura del villano. En esta ocasión, una impecable actuación de Julieta Cardinali, quien en la maldad de Úrsula, una pulpo negra, grande y no muy simpática, genera el caos. Le quita la voz a Ariel luego de un pacto mágico, e intenta enamorar a Eric.

“Sirenita, una aventura bajo el mar” es otra gran realización de Leandro Montgomery, con una excelente banda de sonido de Yair Hilal, que siempre le pone intención y fuego a las letras de Bárbara Lloves Millán. La canción de Úrsula con la exacta actuación de su protagonista, es lo más hipnótico de la obra. Sus partenaires, las anguilas marinas Flotsam y Jetsam, creación de los titiriteros Facundo Zalazar y Emiliano Ramos, es otro gran logro de su director.

Una entretenida obra de teatro para los chicos que disfrutan de sentir la magia Disney en vivo. El impecable y colorido vestuario, las animadas coreografías (de Mauricio Vila) y la simpatía de sus protagonistas con los más pequeños, ya sea en la previa, durante la obra y en el cierre con foto incluida; son la clave para que los más pequeños disfruten a pleno del teatro de este artesanal grupo de artistas.

Por Mariano Casas Di Nardo
@MCasasDiNardo






viernes, 10 de febrero de 2017

"Cansados de ser"

La obra de Pablo Lago es una historia con la clara intención de que se rompa en su comienzo para involucrarnos directamente con lo que sucede. Y cada espectador así, se irá conectándose en mayor o menor medida con el protagonista que más vaya con su persona. Claro, algunos generan empatía directamente y otros sólo por los rasgos de sus personajes. Sus formaciones los evidencia de manera inmediata y rápidamente Romi Pinto e Inés Palombo sobresalen. Sus dichos les dan relieve pero lo que ocultan es lo que más nos llama la atención. Algo es evidente, esta familia está tan rota, que ni los lazos sanguíneos, esos que unen por debajo de la piel, los acerca. Ese living es un escape de gas y dos de los presentes tienen el fuego para que todo vuele por el aire.

Amparo es, al parecer, una madre que cita a sus hijos para confesarles algo. No están juntos desde la muerte de su padre y una cena casera sería una buena posibilidad de sanar las heridas. Pero nada sale como esperaba y la incomodidad, la omisión y la falsedad, intoxican la escena.

Aunque tarde en entrar en sintonía con el caos, Amancay Espíndola en su rol de Amparo, convence y se termina convirtiendo en el pilar de la historia; mérito de una concisa Inés Palombo que desde la suavidad de su Laura, trata de que todo esté bien, tanto en la historia en sí, como en la actuaciones de sus colegas. Ella y Romi Pinto son el embudo para que todo termine siendo armonioso, aunque lo que cuenten sea un cúmulo de estridencias.

Como en toda familia, las mujeres activan los lazos y los hombres invitan al malestar. Y en esta descripción, Jorge (Juan Cruz Wenk), el marido de Laura, irrita en todo momento. En sus participaciones y en lo poco expresivo de sus intervenciones. Teniendo en su poder el rol más urticante y clave, termina siendo un eslabón más de una familia arañada por los desencuentros e infortunios del pasado. En la periferia a todo, ya en lugares secundarios, aparecen León, el hijo con capacidades diferentes de Clarisa (Romi Pinto), una contundente y admirable actuación de Mathías Sandor; y Beto (Federico Marrale), un apagado hermano, que no cuenta con la fuerza necesaria para torcer una pendiente que conduce al ocaso.

Con todos los elementos a la vista, la dirección de Cristian Majolo hace que la tensión esté siempre presente. Fuertes confesiones, contestaciones desubicadas, propuestas estériles de paz y las ganas de irse de todos, le dan fuerza a un libro que abarca más de lo necesario en cuanto a dramas familiares. Los planteados ya son demasiados. La escena donde todos juntos entonan y bailan la canción “La cigarrera”, es belleza en sintonía. La paz familiar en su mayor expresión. Esa que no tiene ninguno de sus integrantes por separado.

“Cansados de ser” es la luminosidad actoral de Inés Palombo, es esa canción a oscuras que magnetiza y es esa verborragia final entre madre e hija (Romi Pinto). Una obra que golpea por su realismo, que nos acerca al dolor y que nos muestra lo más intransigente del ser humano. Todos somos un poco ellos.

Por Mariano Casas Di Nardo